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Un paso, una inspiración… o el arte de no quedarnos sin aliento

 

“Momo” fue de esos primeros libros que nos enseñaron a vivir…

Cinco años antes de su excepcional “La historia interminable”, Michael Ende (¡gracias por tanto!) daba a luz a esta extraordinaria pequeña que, guiada por los mensajes luminosos en el caparazón de la tortuga Casiopea, fiel al Maestro Hora, y acompañada de sus incondicionales amigos Gigi y Beppo barrendero como escuderos, se enfrenta a los hombres grises para devolvernos el control sobre el tiempo y con él, sobre nuestro presente y nuestras vidas…

La inocente sabiduría de Momo es inspiración pura y radiante que convoca amanaceres y nos protege de la oscuridad y la niebla que siempre acompaña a nuestros “hombres grises personales”, esos que disfrazados de creencias limitantes, de deberes, de certezas irrefutables, de prisas, de imposiciones, “tengo que…”, “he de…”, “debo de…”, de negaciones, de ansiedad, de angustia, de miedos y fantasmas, llegan a ofuscarnos hasta hacernos vivir en piloto automático… (si es que a eso se le puede llamar vivir…).

Y la magia reside en comprender que, la pequeña Momo habita dentro de tod@s y cada un@ de nosotr@s y que sólo tenemos que mirar hacia adentro y reconectarnos con nuestra esencia para vencer una y otra vez la dictadura de los hombres grises y de sus sombras, esas que también somos…

Pero hoy, no se nos ocurre mejor modo de acercaros a las raíces comunes a los muchos aprendizajes que “Momo” nos ofrece a modo de cuento,  que concertando un magnífico encuentro con otro maestro humilde y sencillo, Beppo Barrendero. Porque, sin duda, Beppo, casi sin querer y nos bendice con sus palabras y nos devuelve a la atención plena, al poder del aquí y ahora, al goce de cada paso como si no existiese nada más importante, a consciencia absoluta en el presente, a través de su forma de barrer… Quizás Beppo, actualmente, seguiría siendo barrendero pero experto en Mindfulness, meditando desde la acción… 

¡Saboread la lucidez de estas palabras!

“Momo tenía un amigo, Beppo Barrendero, que vivía en una casita que él mismo se había construido con ladrillos, latas de desecho, y cartones. Cuando a Beppo Barrendero le preguntaban algo se limitaba a sonreír amablemente, y no contestaba. Simplemente pensaba. Y, cuando creía que una respuesta era innecesaria, se callaba. En cambio, cuando la creía necesaria, la pensaba mucho. A veces tardaba dos horas en contestar, pero otras tardaba todo un día. Mientras tanto, la otro persona había olvidado su propia pregunta, por lo que la respuesta de Beppo le sorprendía casi siempre.

Cuando Beppo barría las calles, lo hacía despacio, pero con constancia. Mientras barría, con la calle sucia ante sí y limpia detrás de sí, se le iban ocurriendo multitud de pensamientos, que luego le explicaba a su amiga Momo: «Ves, Momo, a veces tienes ante ti una calle que te parece terriblemente larga que nunca podrás terminar de barrer. Entonces te empiezas a dar prisa, cada vez más prisa. Cada vez que levantas la vista, ves que la calle sigue igual de larga. Y te esfuerzas más aún, empiezas a tener miedo, al final te has quedado sin aliento. Y la calle sigue estando por delante. Así no se debe hacer. Nunca se ha de pensar en toda la calle de una vez, ¿entiendes?. Sólo hay que pensar en el paso siguiente, en la inspiración siguiente, en la siguiente barrida. Entonces es divertido: eso es importante, porque entonces se hace bien la tarea. Y así ha de ser. De repente, paso a paso, se ha barrido toda la calle. Uno no se da cuenta de cómo ha sido, pero no se ha quedado sin aliento. Eso es importante».

“Momo” Michael Ende