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“Más de cien palabras, más de cien motivos…”

“Más de cien palabras, más de cien motivos…”, ¡cuántas veces suena esta canción de Sabina en mi cabeza en estos días! Supongo que, porque a momentos, andamos escasos de razones para seguir manteniendo la entereza y la confianza.

Una de las cosas que nos ha “regalado” ya este confinamiento ha sido la toma de consciencia de la importancia de aquellas cosas que eran nuestro día a día. Rutinas, hábitos, costumbres automatizadas que pocas veces reconocíamos como bendiciones cotidianas y que menos aún valorábamos y agradecíamos. Y, de repente, nos privan de ellas y nos damos cuenta hasta que punto eran esencial para nuestra subsistencia.

Al igual que solemos alimentarnos sin demasiada conciencia de lo que hacemos, sin prestar atención a los aromas, a las texturas, a la temperatura, a los sabores… tampoco lo hacemos con el resto de nuestras fuentes de nutrición. Porque sí, caminar al aire libre, compartir nuestro tiempo y espacio con quienes amamos, movernos libremente sin necesitar justificación, poder refugiarnos en la naturaleza, disponer de espacios propios de soledad escogida e, incluso, trabajar si lo hacemos en cosas que nos estimulan o si, sencillamente, es un medio… mucho lo que hoy no podemos hacer, son fuentes de nutrición.

La vida es la suma de todo lo que nos hace vibrar… El problema es que en la anestesia en la que nos solemos mover, se nos olvida cómo hacerlo. Y, ajenos a nuestras sensaciones, vamos perdiendo nuestra capacidad de vibrar y con ella la de vivir a consciencia, a brazos abiertos y alma plena. Estragos de la desconexión del SENTIR.

Entonces, perdemos de forma súbita cuotas de nuestra libertad de acción, y un terremoto lo desbarata todo. Y empezamos a echar de menos. Añoramos poder hacer lo que antes ni siquiera sabíamos que nos importaba tanto. O sí, tal vez somos de las personas afortunadas que despertamos y aprendimos ha agradecer a diario el manantial infinito de ofrendas sutiles o “invisibles a los ojos” (como bien decía “El Principito”), y hoy al “perder” parte de ellas estamos inmensas en un proceso de adaptación.

Pero en ambos casos, para poder hacer frente a esta pérdida, nos queda una gran herramienta que, encierra a su vez, la semilla del aprendizaje y la aceptación. Tan sencillo, o tan complejo, como aventurarnos a descubrir nuevas fuentes de gratificación. No para substituir las que ahora no podemos disfrutar, si no para no cometer el mismo error que nos ha llevado, en una parte fundamental, a sentirnos como nos sentimos.

En lugar de aferrarnos a lo que no podemos hacer, hagamos el duelo del que hablábamos el otro día (https://ittara.es/aceptando-y-confiando/) y apostemos por la solución, abandonando el bucle de darle vueltas al problema. Y, como ves, la solución pasa por re-descubrir el millón de razones y motivos que aún seguimos teniendo a nuestra alcance para surfear este temporal. Razones y motivos que estaban ahí antes de, que están ahí ahora y que seguirán estando después de.

Pero ésta es una labor personal, única e intransferible… porque lo que me hace vibrar a mí, no tiene porque coincidir con lo que te hace vibrar a ti… Siéntete, préstate atención mimosa y amorosa, investiga, prueba, experimenta, explora, aprende, desafíate y vete transformando en la fuerza creadora que da sentido de tu historia. Conecta con todo lo que te hace sentir bien y cólmate de tiempo para hacerlo a consciencia, valorando y agradeciendo.

Y sé que, si estás sufriendo, esta tarea se vuelve ardua y mucho más complicada, pero paso a paso, proponte un pequeño reto cotidiano que, aunque no lo puedas disfrutar íntegramente ni vaya a rescatarte del dolor, seguro que será una pequeña ráfaga de aire que te oxigene el corazón.

Al final, son “aquellas pequeñas cosas” que nos cantaba Serrat, las que nos sostienen como pilares, las que nos dan alas e impulso, las que nos ayudan a seguir caminando cuando todo se oscurece, las que justifican nuestra existencia. Esas que parecen insignificantes pero que nutren y sostienen el universo desde sus raíces invisibles.

El zumo de naranja o el café de la mañana, la ducha caliente, la sonrisa del que habita contigo, el mensaje de quien llega a ti a través de la distancia, el libro que ahora tienes tiempo de leer, el sofá y la manta en los que acurrucarse, los momentos de sol en la ventana, las videollamadas que tienden puentes y achican la ausencia, los regalos que nos llegan a través de las redes (que hoy son como las que protegen al trapecista en sus caídas), el poder hacer cosas pendientes, o el no hacer absolutamente nada, el abrazo real o virtual que nos devuelve a la vida, el humor que todo lo impregna de luz, el trinar de los pájaros en el balcón, la ausencia de prisas, el comer lento, el jugar a cualquier juego que libere a nuestr@s niñ@s interiores, los aplausos dedicados, los instantes de auto-cuidao y auto-amor, el momento de salir a comprar y la sensación de libertad que lo acompaña, el silencio… ¡Seguro que tú puedes añadir un motón más!

Y, si te apetece, comparto contigo una técnica que a menudo me ha salvado: “La lista de bendiciones cotidianas”. Consiste en que cada noche, justo antes de ir a dormir pienses ya agradezcas de corazón todas esas “pequeñas cosas” que a lo largo del día te han hecho sentir bien, aunque sólo haya sido por un breve y fugaz instante. Al principio cuesta porque no tenemos la “mirada interior” acostumbrada a “ver” lo más sutil, pero poco a poco se amplifica nuestra capacidad de percepción y las bendiciones crecen y crecen, haciéndonos sentir personas infinitamente afortunadas.

Despedir cada jornada conectada con la luz y la gratitud, son una poderosa energía que seguro nos ayuda a transmutar todas las sombras y a recargarnos para amanecer con el alma renovada y dispuest@s a desvelar los misterios que el día nos traerá… Eso por no hablar de la cueva de los tesoros que supone tener adentro la posibilidad de encontrar siempre gratificaciones que nos re-conecten con la libertad de elegir dónde poner nuestro foco de atención.

No es mucho. Y, tal vez su efecto no sea infalible, pero poner nuestra atención en lo que nos hace vibrar, tiene un poder inconmensurable… Pequeños gestos que traen consciencia y presencia a nuestras vidas para seguir encontrando las razones y motivos que son la esencia de nuestros días.