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Il dolce far niente

Il dolce far niente o de la importancia del no hacer para poder ser…

En estos días estamos recibiendo un bombardeo de sugerencias de toda índole para llenar nuestro tiempo de confinamiento. Tutoriales, rutinas de ejercicio, recitales de poesía, conciertos, actividades mil para hacer desde casa, desafíos varios,… Y tanto es así, que casi nos hace falta una agenda para poder hacer tanto que se nos propone hacer.

Y sí, bien es sabido que las rutinas son esenciales en estos encierros. Nos lo recuerdan a diario. Nos bien aconsejan de la importancia de marcarnos hábitos sanos y positivos con los que tejernos una red de seguridad que nos permita ir trampeando los vaivenes cotidianos. Pero, intenta que estas sugerencias no se conviertan en imposiciones que te limiten y te hagan sentir mal si nos las cumples.

Se trata de aprovechar esta oportunidad para algo tan fundamental como no hacer nada, sólo parar y escucharnos. Escucharnos con silencio, presencia y consciencia. Venciendo el temor a sentir y darnos cuenta de qué estamos sintiendo. Porque sólo reconectando con nuestras sensaciones recuperamos el acceso a nuestra sabiduría interior. Nuestra brújula. Ahí están todas las respuestas. Y no hay mejor manual para tiempos revueltos que a reactivar la voz de nuestros instintos, de nuestro cuerpo, de nuestra alma y atender a sus mensajes.

Se trata de volver a SENTIR. Porque sólo desde ahí podremos actuar y darnos aquello que verdaderamente necesitamos, y más en estos momentos tan delicados.

Tenemos una oportunidad única de regalarnos el tempo lento que, como hechizo mágico, convoque el silencio imprescindible que da voz a nuestra propia voz entre tanto ruido. Ese silencio que nos devuelve a nuestro centro y nos invita a volver la mirada hacia adentro, para volver a vibrar en armonía y frecuencias de luz.

Y sabemos que cada iniciativa que llega hasta nosotr@s cargada de buenas intenciones, nos inventa oasis en medio de este desierto. Y nos ofrecen razones y motivos. Vivir en la era de las redes sociales empieza a tener sentido, porque gracias a ellas estamos pudiendo tender puentes y estrechar lazos para sentirnos arropad@s y sostenid@s, acompañad@s y a salvo. Y cada propuesta es medicina, es abrazo, es ventana y aire fresco. Cada ofrecimiento nos regala alas y son anclas, faros, vía láctea. Son luz, esperanza, calidez y puntos de encuentro. Son refugio y albergue…

Y también son botes salvavidas a los que nos lanzamos sin pensar, tratando de huir… Pero, ¿huir de qué? ¿Del aburrimiento? ¿De la soledad? ¿De las preocupaciones y agobios derivados de la situación que nos está tocando vivir? O, ¿tal vez huimos de nosotr@s mism@s?

Responde con honestidad. Nada cuesta más que desmontar nuestras mentiras internas y dejar aflorar nuestra verdad. Pero si te atreves a hacerlo, encontrarás la libertad. La libertad que da entender y comprender para poder elegir y actuar en consecuencia.

Y no se trata de radicalizarnos en ninguna de las posiciones. Se trata de encontrar el equilibrio. Se trata de escucharnos muy adentro para saber que necesitamos. Porque sólo así lo que busquemos y encontremos logrará saciarnos física, mental, emocional o espiritualmente.

Se trata de sentir y elegir lo que nos hace sentir bien, lo que nos enriquece, lo que nos estimula, lo que nos hace sonreír,… Y combinarlo que ratitos de introspección, de silencio, de calma, de serenidad, para tratarnos todo lo bien que merecemos y que todo lo elegimos afuera también lo encontremos y nos lo procuremos adentro.

Mereces espacios vacíos, paréntesis de no hacer nada, libre de culpa. Sin volver a sentir que pierdes el tiempo. Sin imponerte ritmos trepidantes de actividades que, siendo nutritivas, acaban por distraerte de lo único verdaderamente importante: TÚ. Es tiempo de cuidarte, de mimarte, de abrazarte, de parar y escucharte, de sentir y de volver a ti.

Déjate sentir y que no te arrastre esta marea de HACER que nos impide SER.