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El corazón más hermoso…

Cuando la belleza, la auténtica, la más pura, la insoportablemente bella, anida en la imperfección…
Cuando el amor nos araña en lo más profundo de nuestra alma pero cada rasguño podemos transmutarlo en una razón que justifique una vida entera…
Cuando protegernos en exceso neutraliza la pasión, la ilusión, la intensidad, la sensibilidad (¡bendita sensibilidad!) y nos impide disfrutar de mil instantes preciosos de esos eternos al corazón…
Cuando cada cicatriz nos recuerda con orgullo el milagro de amar y haber amado… el milagro de que nos amasen y de que nos sigan amando…
Cuando entregarse es arriesgarse, porque la vida es como ese paracaídas que sólo nos salva si se abre, porque cada personita que se cruza en nuestro camino puede convertirse en el regalo más grande…
Cuando la vida no es más que truequear pedacitos de corazón… a cada intercambio, a cada palabra, a cada abrazo, a cada momento de complicidad, a cada paso bien cerca de otros pasos casi trenzados, a cada mirada anidando en otros ojos, a cada cada sueño sincrónico a otros sueños, a cada risa y a cada sonrisa…
Cuando somos los que hemos sentido, lo que hemos querido, lo que hemos amado… cuando somos lo que sentimos, lo que queremos, lo que amamos…
Cuando cada latido nuestro susurra un nombre como quien lo acaricia, o canta como mantras instantes y pedacitos de nuestra esencia compartidos…
Cuando no podemos explicarnos a nosotros mismos sin el eco de lo que somos resonando en los que nos importan, sin el juego de espejos de lo que somos a retazos, sutiles o huracanados, en los ojos que nos contemplan como quien contempla un milagro…
Cuando, por un segundo o con ansias de eternidad, hacemos de cada encuentro el centro de nuestro pequeño gran universo…
Cuando dar nos colma y la generosidad y la ternura y la entrega nos hacen ser exponenciales…
Cuando no podemos dejar de sentir la fortuna y agradecer sin tregua la tremenda imperfección de nuestros hermosos corazón…
Entonces, este cuento…
Beatriz*

El corazón más hermoso 

Un día un hombre joven se situó en el centro de un poblado y proclamó que él poseía el corazón más hermoso de toda la comarca. Una gran multitud se congregó a su alrededor y todos admiraron y confirmaron que su corazón era perfecto, pues no se observaban en él ni máculas ni rasguños.

Sí, coincidieron todos que era el corazón más hermoso que hubieran visto. Al verse admirado el joven se sintió más orgulloso aún, y con mayor fervor aseguró poseer el corazón más hermoso de todo el vasto lugar. De pronto un anciano se acercó y dijo:

– ¿Por qué dices eso, si tu corazón no es ni tan, aproximadamente, tan hermoso como el mío?

Sorprendidos, la multitud y el joven miraron el corazón del viejo y vieron que, si bien latía vigorosamente, éste estaba cubierto de cicatrices y hasta había zonas donde faltaban trozos y éstos habían sido reemplazados por otros que no encastraban perfectamente en el lugar, pues se veían bordes y aristas irregulares en su derredor. Es más, había lugares con huecos, donde faltaban trozos profundos. La mirada de la gente se sobrecogió .

– ¿Cómo puede él decir que su corazón es más hermoso?”, pensaron…
El joven contempló el corazón del anciano y al ver su estado desgarbado, se echó a reír.

– Debes estar bromeando -dijo- Compara tu corazón con el mío… El mío es perfecto. En cambio el tuyo es un conjunto de cicatrices y dolor.

– Es cierto -dijo el anciano- tu corazón luce perfecto, pero yo jamás me involucraría contigo… Mira, cada cicatriz representa una persona a la cual entregué todo mi amor. Arranqué trozos de mi corazón para entregárselos a cada uno de aquellos que he amado. Muchos a su vez, me han obsequiado un trozo del suyo, que he colocado en el lugar que quedó abierto. Como las piezas no eran iguales, quedaron los bordes por los cuales me alegro, porque al poseerlos me recuerdan el amor que hemos compartido. Hubo oportunidades, en las cuales entregué un trozo de mi corazón a alguien, pero esa persona no me ofreció un poco del suyo a cambio. De ahí quedaron los huecos, dar amor es arriesgar, pero a pesar del dolor que esas heridas me producen al haber quedado abiertas, me recuerdan que los sigo amando y alimentan la esperanza, que algún día, tal vez, regresen y llenen el vacío que han dejado en mi corazón. ¿Comprendes ahora lo que es verdaderamente hermoso?

El joven permaneció en silencio, lágrimas corrían por sus mejillas. Se acercó al anciano, arrancó un trozo de su hermoso y joven corazón y se lo ofreció. El anciano lo recibió y lo colocó en su corazón, luego a su vez arrancó un trozo del suyo ya viejo y maltrecho y con él tapó la herida abierta del joven. La pieza se amoldó, pero no a la perfección. Al no haber sido idénticos los trozos, se notaban los bordes.

El joven miró su corazón que ya no era perfecto, pero lucía mucho más hermoso que antes, porque el amor del anciano fluía en su interior.

Anónimo

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