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Derecho al miedo, responsabilidad para afrontarlo.

Tenemos derecho a tener miedo. A sentir miedo. A asustarnos…

Pero, una vez reconocido e identificado, es nuestra responsabilidad afrontarlo para liberarnos de él.

Cada vez que leo o escucho un “no tengas miedo”, algo se me rebela muy adentro… A menudo recibimos todo tipo de mensajes que nos decretan, aconsejan o imponen no tener miedo. Estos mensajes nos responsabilizan de sentir miedo y nos debilitan al hacerlo…

Ante la incertidumbre que nos acompaña en estos tiempos inciertos y extraños, no dejan de llegar mensajes de calma que nos invitan a cambiar el miedo por confianza y esperanza que nos permitan compensarlo, combatirlo, gestionarlo. Pero, ¡cuidado!. No se trata de no tener miedo, si no de responsabilizarnos para afrontarlo con inteligencia emocional.

Sentir miedo es inevitable e, incluso, necesario. Como lo es sentir cualquier otra emoción básica. No podemos evitar sentirlas. Ni es conveniente hacerlo. Porque estas emociones son mecanismos de respuesta innatos de nuestro sistema límbico para garantizar nuestra protección y supervivencia. Están destinadas a ayudarnos a reaccionar ante los diferentes estímulos vitales con los que nos vamos encontrando. Y no son racionales. Por lo tanto, sentirlas, es natural. Y es nuestro derecho poder darles el espacio que necesitan para poder ser expresadas de una forma adaptativa.

Dicho esto… Si estás sintiendo miedo, date permiso, acógelo, abrázalo y dale las gracias porque está intentando mantenerte alerta y protegerte. Pero, acto seguido, pasa a la acción y, desde la consciencia y con valor, elige hacer lo imprescindible para transformarlo.

“Aprendí que el coraje no era la ausencia de miedo, si no el triunfo sobre él. El valiente no es quien no siente miedo, si no aquel que conquista ese miedo” Nelson Mandela

Si tener miedo es inevitable, gestionarlo de forma sana es una elección. Porque no podemos evitar sentir miedo, pero sí podemos evitar es que se apodere de nuestra cordura, que nos domine, que nos paralice y que se convierta en peor enemigo que aquello que lo causó. Y para ello, presta atención a tus pensamientos, porque son el alimento del miedo y, si crece y crece, se transforma en el terrible pánico capaz de destruirlo todo. Usa tu razón a favor, para entender, para comprender, para darte argumentos que te permitan contrarrestar ese miedo y nutran tu coraje. Y confía… Porque, como dice el proverbio chino “El miedo llamó a la puerta, la confianza abrió y afuera no había nadie“.

Aprovecha este tiempo de retiro forzoso para tomar consciencia de cómo te sientes y, con amor, trata de descifrar que se esconde tras ese sentir. Busca comprender para poder actuar. Y si aparece el miedo, convoca la calma y la serenidad precisas. Tras ellas, llega el entendimiento y, desde ahí, podemos convocar el valor necesario. Y si no, sencillamente distráete, dedícate tiempo a cuidarte, a mimarte, a reír, a soñar, a disfrutar… hay mil razones y motivos, incluso en este estado de confinamiento, porque todo aquello que te nutra a todos los niveles, te fortalece para poder hacer frente a todo lo que te debilita. Tenemos dentro todas las herramientas imprescindibles para gestionar todo lo que nos ocurre. Pero, para lograrlo hay que comenzar por aceptar para luego comprender.

“Nada en la vida debe ser temido, solamente comprendido. Ahora es el momento de comprender más para temer menos” Marie Curie

¡Mucho ánimo y que encuentre el coraje preciso para sentir tu miedo y transmutarlo en la fuerza que protege, impulsa y libera!