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Aprendiendo a pedir…

Ahora que el confinamiento nos ha dejado sin muchos de nuestros espacios compartidos, la comunicación interpersonal se redimensiona.

Y, quizás, las nuevas tecnologías ahora sí que están siendo puentes necesarios de comunicación. Más que nunca. Usarlas mientras tenemos la opción de quedar en persona, de tenernos cerca, de mirarnos a los ojos, de escucharnos y hablar con todo nuestro cuerpo… supone perdernos los misterios increíbles que la comunicación interpersonal nos ofrece.

Pero, si la vida nos distancia físicamente, se vuelve imprescindible abrir nuevas vías de comunicación que nos acerquen y nos hagan sentir que seguimos estando junt@s en este camino.

En este contexto, podemos explorar muchas de las herramientas que nos ayudan a potenciar nuestra capacidad comunicativa, pero hoy vamos a centrarnos en una de ellas: aprender a pedir. Aprender a pedir lo que queremos, aprender a pedir lo que necesitamos. Porque, nadie tiene por qué adivinarnos. Porque nadie tiene por qué intuirnos. Porque nadie tiene por qué descifrarnos.

“Si te lo tengo que pedir, ya no lo quiero”.

Frida Khalo

¡Cuántas personas han adoptado frases como ésta para posicionarse en sus relaciones interpersonales! Pero estas frases son fruto de los mitos del amor romántico, que nos ha hecho crecer convencid@s de quien te ama posee una capacidad sobrenatural de percibir y anteponerse a nuestros deseos y necesidades. Nos han hecho creer que el buen amor sabe entrever con claridad en nuestra complejidad humana, como si amar conllevara el don de la telepatía. Como si, cuando nos quieren, la otra persona tuviese la responsabilidad ineludible de saber a ciencia cierta que nos ocurre adentro. Como si saber qué quiero, qué siento, qué necesito y qué deseo no fuese suficientemente complicado como para delegar ese responsabilidad en los demás.

Lo siento, pero el amor no viene con la bola de cristal como accesorio. Así que, deja de esperar que las personas que te importan reaccionen a lo que NO has pedido. Deja de esperar que el resto del mundo tenga que cubrir tus carencias, tus necesidades, tus expectativas… Porque, esa espera, además de frustrante es injusta.

Es más, que esa otra persona tenga que interpretar tus señales, las sutiles, las evidentes, las conscientes y las inconscientes, parte de la presunción de que el/la otr@ está ahí por ti, para ti. Pero no. Cada un@ de nosotr@s nos enfrentamos a diario a los desvaríos emocionales que la vida nos va provocando. Tod@s tenemos nuestras preocupaciones, angustias y desasosiegos. Bastantes turbulencias nos sacuden adentro y afuera como para tener que estar en estado de alerta constante para intuir qué esperan l@s demás de nosotr@s.

Porque, además, no es más que eso, una presunción. Mientras nadie formule las palabras que clarifiquen, lo único que podemos hacer es interpretar. Con el inmenso margen de error que eso supone y que puede llevar a desastres comunicativos aún peores. Porque si cada persona es un universo único, especial, diferenciado e incomparable… ¿cómo vamos a poder leernos de manera objetiva y neutra sin impregnar nuestras apreciaciones de lo que cad@ un@ somos? Complicado y peligroso.

“Hablo porque conozco mis necesidades, dudo porque no conozco las tuyas. Mis palabras vienen de mi experiencia de vida. Tu entendimiento viene de la tuya. Por eso, lo que yo digo, y lo que tú oyes, puede no ser lo mismo. Por lo que si tu escuchas cuidadosamente, no sólo con tus oídos, sino también con tus ojos y tu corazón, puede ser que logremos comunicarnos.”

Herbert. G. Lingren

Y ya… ya sé que estarás pensado, “pues yo lo hago”. Sí, puede que tú seas una de esas personas dotadas de una sensibilidad especial que te permite acceder a la información emocional que se mueve a tu alrededor. Puede que, por experiencia, por profesión o por manera de ser, seas capaz de captar qué necesitan l@s que te rodean y ofrecérselo antes de que lo pidan. Pero l@s demás no son como tú. Afortunada o desafortunadamente. Así que, ¡deja de esperar! y si quieres algo ¡pídelo!.

Volviendo a la realidad extraña que nos está tocando vivir… Hablábamos hace días (ttps://ittara.es/derecho-al-miedo-responsabilidad-para-afrontarlo/) de lo importante que volver la mirada hacia adentro para identificar el vaivén de emociones que estamos sintiendo y, así, poder darles espacio, aceptarlas y gestionarlas de forma adaptativa… Pues si, al hacerlo, tomamos consciencia de que nos apetece compartir con alguien lo que nos ocurre, ¡hazlo! Dile a la persona indicada que necesitas hablar. Pide a quién consideres que sabrás acompañarte y buscad un espacio virtual para compartir. Escribe lo que sea importante para ti expresar a quién creas que sabrá acogerlo con amor. Llama a esa persona escogida y cuéntale. Manda un mensaje a quien amas y no está a tu lado, para que podáis confluir en el tiempo y charlar… Hazlo como te apetezca pero ¡pide!.

No hace falta que hables de lo que no quieres si no te sientes cómod@. Sencillamente, permítete crear la oportunidad de sentir que la soledad que te pellizca el corazón se desvanece aunque sea durante unos minutos. Porque, si te sientes sol@, en lugar de ahogarte en ese mar, busca faros, anclas o botes salvavidas a los que aferrarte. Te aseguro que, en estos tiempos, te van a entender más que nunca.

Y no temas a las respuestas… Porque ese es uno de los grandes lastres al pedir, el temor a no recibir lo que necesitas, a que no te entiendan, a que grites y nadie te escuche, a que compartas y no valoren lo que eso significa para ti… Sí, atreverse a pedir es arriesgado, pero ¡vale la pena!. Peor es esperar sin más… Porque lo que nos asusta que no ocurra al hacerlo, habla más de nuestros fantasmas que de la realidad y, la mayoría de las veces, nos acaban respondiendo mejor de lo esperado. Y si no, pues habrá que aceptar con dolor la ocasión de revisar esa relación o abrirnos a que son momentos complicados para la mayoría y, a veces, desde nuestros pequeños infiernos cotidianos no siempre podemos ni debemos atender a los reclamos de ayuda.

Y, si aún así, te cuesta revisa si tus dificultades al pedir están vinculadas a tu resistencia a aceptar la vulnerabilidad… ¿Dejarnos ayudar es síntoma de debilidad? ¡Para nada! Pedir ayuda y dejarnos ayudar requiere fortaleza, coraje y decisión.

“Hay que ser muy valiente para pedir ayuda, ¿Sabes? Pero hay que ser todavía más valiente para aceptarla. ” 

Almudena Grandes

Y si, después de todo esto, aún dudas… piensa… ¿cómo te sientes tú cuando alguien a quien amas te pide algo y puedes dárselo? Pues, ¿por qué privar a las personas que te aman de esa bendición que es cuidar de nuestros seres queridos?

Ya sabes, en tiempos de confinamiento, ¡pide lo que necesites!.