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“Sant Jordi o la imperiosa necesidad de reescribir la leyenda…”

De nuevo, llega Sant Jordi y con él, además de la tradición y las rosas y los libros y el amor… llega el dragón devorador de todo…

Los dragones existen, ¡claro que existen!… pero dentro de nosotros.
Esos dragones son nuestros MIEDOS… 
Los que aparecen amenazando nuestra calma, paralizándonos, empequeñeciéndonos, neutralizándonos. Los que alimentamos, para evitar que nos devoren, dándoles de comer nuestros sueños, ilusiones, deseos y propósitos… Pero así sólo acabaremos muertos, y no entre sus fauces, si no porque nos habremos vaciado de sentido, de nuestra esencia, de lo que sustenta la vida…
Entonces, cuando esconderse ya no es una opción porque ¡malditos dragones, siempre acaban por encontrarnos!, decidimos matarlos creyendo que así acabaremos con ellos. Y, así, empezamos una guerra de la que nunca saldremos ilesos y que nos consumirá hasta la rendición. 
Eso, cuando no optamos por ceder por completo nuestro poder, delegando toda responsabilidad, mientras esperamos a que aparezca el valeroso caballero o la intrépida guerrera que nos rescate de tan aciago destino.
Pero NADIE PUEDE RESCATARNOS DE NOSOTROS MISMOS.
Porque somos el DRAGÓN…

Pero, a la vez, también somos la princesa y ese Sant Jordi que nos salva…

Y necesitamos mantener a los tres con vida, porque en su sinergia habita nuestro poder interior, nuestra verdadera esencia, nuestro yo más auténtico. 
Su unión a lo mosqueteros de los de “uno para todos y todos para uno”, si apostamos por su faceta positiva y luminosa, aceptando sus sombras, es la magia invencible que nos permite existir, y vibrar, y sentir, y ser, y evolucionar y convertirnos en la mejor versión de nosotros mismos a cada paso.

Quizás si giramos, traviesos, el caleidoscopio de nuestro corazón logremos transmutar los roles y apostar el todo por el todo, all in por ese final feliz que tanto merecemos y a partir del cual todo lo demás deviene posible, probable, factible y hasta sencillo.

Así que, después de esta nueva Jordiada… ¿aceptáis el desafío de subiros a vuestro dragón interior, junto a vuestra princesa y vuestro San Jordi para reescribir la leyenda y permitiros, al fin, volar sin temor “hasta el infinito y más allá”? 

Ojalá que sí… ¡Allí os esperamos!

Mientras, otro racimo de palabras ajenas sobre el Dragón del Miedo, esquirlas de cuento, retales lúcidos y reveladores que dan aún más fuerza a la imperiosa necesidad de reescribir la leyenda…

“- ¡El miedo a perder os hace perder! Y allí estoy yo, agazapado en lo más profundo de vuestra esencia, para matar vuestros deseos, vuestros sueños, vuestra vida. Mi función es destruir todo anhelo que todo el alma humana alberga. Cuando más teméis, más fácil es mi trabajo. He acabado ya con miles de humanos. Más crezco y más poderoso soy cuantos más afanes destruyo. Vuestra muerte es mi vida. ¡Acabemos ya!
El dragón abrió las fauces para mostrar sus ensangrentadas encías y dientes, apretó sus negras garras con toda la rabia y furia imaginable, hinchó su pecho y emitió un nuevo grito ensordecedor tan cargado de odio y furia que hizo temblar la tierra.
Fue entonces cuando el Joven caballero, mirando a los ojos del monstruo, comprendió que, en realidad, era él quien alimentaba al dragón con su temor. En un soplo de tiempo pensó que el miedo podía hacerle perder todo, incluso la vida. Recordó entonces las palabras del pequeño Sid antes de su partida y, en un golpe de coraje, en vez de protegerse o huir despavorido, decidió dar un paso al frete y plantar cara al dragón. Éste detuvo su inmensa cabeza a escasos metros de él.
El caballero siguió mirando detenidamente a los ojos del monstruo y vio con nitidez que el odio de su mirada ocultaba, en realidad, un profundo miedo. Se percató de que su nombre era Dragón del Miedo no por el pánico que infundía en quienes lo veían, sino porque él, en esencia, era miedo. Las palabras de Manluz resonaron en su mente: ”Más que vencer tus miedos, mejor escúchalos y véncelos. Siempre tendrán algo importante que decirte, pues te hablarán de tus anhelos más profundos”.
De pronto, el dragón, empezó a mutar, disminuyó de tamaño y empezó a perder aquella rabia demoledora. El caballero, seguro de sí, dio un segundo paso hacia delante. Sin temor y con el dragón casi al alcance de su mano, le dijo:
– Acabo de comprender que no he llegado a ti por casualidad. He venido para escucharte. Creo que tus gritos, tu rabia y tu fuego guardan un gran poder que he negado durante mucho tiempo.
El dragón, cuyo color había pasado del negro al gris y cuyos ojos habían perdido el rabioso fulgor que nace de la ira, tomó la palabra:
– Cuanto más me observes, cuanto más me escuches, menos poder de bloquearte, de paralizarte tendré. Si me niegas, te someteré; pero si me aceptas, te transformaré.
El joven respondió:
– Tú estás en mí. Reconozco, acepto y agradezco tu mensaje. En adelante, prometo no ignorarte y reconocer que tú, Dragón del Miedo, ocultas y guardas un gran poder.”

Alex Rovira “Los siete poderes. Un viaje a la Tierra del Destino”

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