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La suerte de estar vivo…

Hay días en los que la vida nos recuerda dolorosamente que nuestros cuerpos se apagan y llegan las despedidas, despedidas que nos asoman al vértigo del misterio de nuestra existencia…
Días en los que, de lejos o de cerca, la muerte aparece como un huracán haciendo temblar nuestros cimientos, arrastrándonos por sus tierras movedizas, salpicándonos con su imprecisa fugacidad e invitándonos a reflexionar, animándonos revisarnos y tratar de ser conscientes de si estamos viviendo con la plenitud suficiente, la que todos merecemos, como para llegar a ella con la certeza de haber vivido…
Días en los que no hay palabras ni gestos de consuelo suficientes que puedan aliviar el zarpazo en el corazón de los que queremos ante esos adioses prematuros. Días en los que sólo nos queda estar cerca para sostener, arropar y acompañar en el duelo.
Días en los que, nuestro mejor homenaje a los que se van, a los ya no están, es honrar el milagro constante de estar vivos, gozándonos esta suerte nuestra de seguir caminando y celebrando el universo inmenso de posibilidades que se abre siempre ante nosotros, a cada paso, para hacer de nuestra vida, vida sentida, vida consciente, vida vivida…
Muchas palabras se han escrito al respecto… Y, ningunas serán el bálsamo preciso. Pero hoy, un impulso nos ha llevado a rescatar éstas, para despeinaros un poquito el alma e interpelarnos a hacer lo imprescindible para venerar sin tregua nuestra suerte de estar vivos…
¡Va por ti, mi princesa valiente!

“Pienso que vivir constituye, en lo que a mí respecta, una oportunidad que no me será concedida por segunda vez: una oportunidad no porque la vida nos haga regalos y porque en una balanza la suma de los placeres sea superior a la de las penas, si no porque valoro a cada momento la suerte que tengo de estar vivo, de acceder cada mañana a la luz y cada noche a las sombras, de que las cosas no hayan perdido su brillo inicial y perciba en seguida el principio de una sonrisa, el principio de una contrariedad en el rostro; en una palabra, de que el mundo me hable (…)
Mañana nacerá un nuevo día.
Mañana volveré a convertirme en vidente.
Acercaré mis manos a las cosas.
Haré girar la rueda de las estaciones: primavera, verano, otoño, invierno, da igual.
Acompañaré la luz hasta su desaparición y a la noche hasta su desgarro.
Vestiré este mundo harapiento con un atuendo real, o más bien, le arrebataré algunos andrajos.
Mañana volveré a valorar la suerte de estar vivo”

Pierre Sansot “Del buen uso de la lentitud”