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Desnudando de miedo al amor…

“Es una locura odiar a todas las rosas porque una te pinchó…” El Principito

“Filofobia: miedo al amor, a enamorarse o a estar enamorado”.
A algunas personas cuando les rompen el corazón y tras remendar sus heridas (o no), tienden a enrocarse en pactos tácitos o expresos de no volver a amar o se acuartelan en sucedáneos del amor para protegerse de la terrible amenaza que supone la posibilidad de volver a sufrir. Esa asociación irrefutable entre amor y dolor alimenta uno de los monstruos que, consciente o inconscientemente, con más frecuencia dominan, someten, limitan e incapacitan al ser humano.
Pero ese temor nace de una premisa errónea: los personajes de nuestras futuras historias de amor ya no serán los mismos, ni siquiera nuestro concepto del amor. Así que, no podrán volver a infligirnos el mismo dolor puesto que ya nos somos aquellos que fuimos, ni quién llegue a nuestras vidas será la misma persona que nos lastimó, ni nuestro modo de amar y ser amados será igual. De modo que, alterados todos los factores, es imposible que obtengamos el mismo resultado.

“Un día de estos tendrás que ir bajando la guardia,las cosas que otros te hicieron son cosas que ya no te pasan” Marwan

La verdad es que, si hemos hecho el proceso de crecimiento personal y de superación que toda crisis nos ofrece, si hemos aprendido todo y cuanto podíamos aprender de nosotros mismos, renaciendo con la nueva piel que ya sólo guarda el rastro de las cicatrices como un mapa de vida, si hemos incorporado a nuestro apero de capacidades y habilidades las estrategias aprendidas a raíz de esa vivencia, si hemos evolucionado hasta llegar a ser una versión mejorada de nosotros mismos, difícilmente podrán volver a causarnos el mismo daño.
No podemos ignorar que, una vez hecho el aprendizaje que nos regala esa experiencia, habremos adquirido el elemento alquímico que todo lo transmuta: la consciencia. Después del duelo que requiere cada pérdida, la del otro y la de nosotros mismos diluidos en ese sufrimiento, ya podremos intuir o sabremos con certeza quienes somos, lo que sentimos y pensamos lejos de censuras, autoengaños, parapetos y espejismos, ya habremos descubierto o redescubierto lo que queremos y lo que no en nuestra vida, lo que soñamos, lo que nos es innegociable, lo que no vamos a volver a permitir y lo que vamos a potenciar, lo que es importante e imprescindible para nosotros de cualquier relación interpersonal. Y, partir de esa consciencia, ya nada volverá a ser igual.

“Abre tu corazón y no tengas miedo de que te lo rompan. Los corazones rotos se curan. Los corazones protegidos acaban convertidos en piedra” P.Stokes

Sucede que, cuando acabamos hechos pedazos, al recoger las esquirlas de lo que fuimos y recomponer el puzle, podemos inventar con las teselas de nuestro corazón hecho cachitos un mosaico nuevo y maravilloso impregnado de luz. La luz que arroja la certeza de haber aprendido a perdonar y perdonarnos, de haber comprendido que nuestra dignidad es una de nuestras joyas más valiosas y que debemos defenderla con convicción y sin dudas ni excusas, que el hacernos respetar empieza por respetarnos a nosotros mismos y hacernos respetar deshaciéndonos de cualquier persona o relación tóxica, contaminante o destructiva, que los demás suelen tratarnos como reflejo de cómo nos tratamos a nosotros mismos, que si no nos cuidamos, nos mimamos y nos procuramos todo y tanto que nos merecemos no podemos esperar que nadie lo haga, que la autenticidad es la llave maestra que abre todas las puertas, que no hay más inseguridad que la de no confiar en nosotros y en todo nuestro poder, que somos seres únicos y excepcionales, con nuestras luces y nuestra sombras, y que…
sólo quién sea capaz de valorarnos y aceptarnos con todos nuestros matices,
sólo quién nos quiera con decisión con todo y por todo lo que somos,
sólo quien nos acepte sin pretender cambiarnos ni convertirnos en lo que esperan o necesitan que seamos,
sólo quien nos estimule a seguir creciendo y nos impulse a ser la mejor versión de nosotros mismos,
sólo quién resuene y vibre en frecuencias sincrónicas a la nuestra,
sólo quien nos mire como quien contempla un milagro, que sea capaz de reconocer la divinidad que nos habita, que se sienta un ser tremendamente afortunado por compartir camino con nosotros y nos trate como el regalo y el tesoro que somos,… sólo entonces nos amarán de verdad. (hay quien afirma que esos quiénes no existen… Pero, ¿si existimos nosotros, por qué no han de existir?).
Porque habremos empezado por aprender a amarnos y amar del mismo modo. Desde el alma. Y, sólo entonces, habremos creado una nueva neuroconexión que maride amor con todas las palabras positivas inventadas y por inventar, que nos permita estar y sentirnos a salvo.
A partir de ahí… desnudar de miedo el amor es pura magia.

“El amor es una bellísima flor pero hay que tener el coraje de recogerla al borde de los precipicios” Stendhal

Aún así, aunque encontremos el antídoto que neutralice el miedo a volver a sufrir y saquemos el coraje preciso para atrevernos a saltar confiando en nuestras alas y en nuestra capacidad de volar, no existen garantías que nos inmunicen de los avatares y otros daños colaterales del amor. Porque, el dolor puede ser inevitable, pero habremos encontrado el hechizo que nos impida sufrir. Porque amar requiere un corazón de puertas abiertas, una entrega sin reservas y por completo, sin dudas, temores ni corazas, a alma descubierta, desde la vulnerabilidad de la que también se nutre nuestra fortaleza, para poder embarcarnos en la siempre emocionante y enriquecedora aventura de compartir nuestro paseo por esta existencia…
Ese el riesgo de amar… Un riesgo que compensa de todas, todas. Como diría Chavela Vargas “Ama sin medida, sin límite, sin complejo, sin permiso, sin coraje, sin duda, sin precio, sin nada. No tengas miedo de amar”. Porque no es que “valga la pena” si no que “vale la alegría” apostar confiando y confiados por una vida sentida, por una vida vivida, por una vida amada, amando y amados…
¡Brindemos por ello!
Beatriz

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